Una mirada de cebra partida con siluetas de gigantes.
Se abren gargantas de abismos verdes.
En el centro fuego que prende el mar, prende el viento, prende el cielo hambriento siempre oscuro, prende en sed, prende en hambre, prende en grito, en muerte y miedo.
Es un lugar, es mi país, soy yo.
Entra el carretero claveteado de palmeras en hileras sin fin. El camino es una espesa bruma verde que aplasta. Un inmenso candil es la guía que refina petróleo.
Llegamos al parque y parece que estoy ciega, camino una cuadra y parece que no escucho, ha pasado una hora y estoy muda.
El universo de nostalgia de no haber vivido ahí, una interminable soledad de no haber nacido con la noche, de no tener esa mirada fuerte, de no desconfiar es lo que no me deja dar un paso. Voy sola preguntando poco, me quedo en mi propio terreno, camino lo justo, la mujer desconocida a mi costado me ordena ir al baño y beber algo; sin protestar accedo, luego me ordena buscar otro bus, lleva ella mi mismo destino.
Salgo de la ciudad que no se alcanza a contar en un suspiro.
Para Muisne. Diga!
La vida que parece querer conversar. Y uno que intenta responder, en ellos, en gente, en motivos...

En esta parte de la tierra la historia se cayó.